Aquellos días, hace un año justo, mi vida de repente se convirtió en el recorrido de una montaña rusa. Me ví montada en el vagón de esa montaña sin saber cómo... porque no fuí yo quien decidí iniciar ese viaje. No, al menos conscientemente.

Los días once y doce de marzo de pronto descubrí que estaba pasando algo. Y, como tenía una barrera de cristal ante mí, una barrera que encerraba mi corazón... pues sólo era capaz de ver que estaba pasando algo, pero por su parte. Ni siquiera estoy segura de qué ví, de qué me dijo exactamente para hacerme saltar las alarmas, pero éstas saltaron. Todas. Y lo escribí. Y le escribí aquella carta sin remitente ni destinatario.
Y... y una semana después, ya no tenía nada claro.
Porque en ese intervalo volvimos a vernos... y, de repente, seguí viendo detalles. Ó quise verlos. Y, también de repente, nos separamos... por segunda vez desde que nos conocimos, porque también en navidad él tuvo unos días de vacaciones y yo seguí trabajando. Pero, no sé, no le eché de menos. Ahora él volvía a tener unos días libres... y yo, de pronto, también. Y lo peor es que estos 'dos ó tres días libres' de pronto se adelantaron. Y se prorrogaron: por problemas de planificación laboral, nos dieron una semana completa de vacaciones, aparte de los dos ó tres días ya programados...
Y un dieciseis de marzo me encontré con que no nos veríamos hasta una semana más tarde. Y un diecisiete me confirmaron por teléfono... que no nos veríamos hasta el día veintinueve.
Y... Y no me pareció ni bien ni mal. Casi decidí que podía ser algo bueno: así aclararía mis ideas. Así me quitaría fantasmas de la cabeza.

Creo que el dieciseis de marzo fue la primera vez que nos despedimos con un par de besos, de ésos rutinarios, de los que se dan los amigos. Igual hasta ese momento no le había considerado amigo. Y también ese dieciseis de marzo volví a corroborar... que no eran sólo imaginaciones mías. Que algo  había... y que podía ser mutuo. Porque cuando a mediodía nos mandaron a casa 'hasta nueva orden'... hicimos tiempo. Cruzamos a hacer tiempo frente a un café, con otra compañera. Y seguimos hablando en la calle, casi otras dos horas. Y... y cuando nuestra compañera, con quien muchas noches nos acompañábamos a la salida y charlábamos un rato, los tres, dijo que ella ya se iba a su casa..., yo, por primera vez, no dije 'te acompaño', como siempre (la parada de mi bus estaba en el mismo camino). No. Me quedé con él. Y él me acompañó a la parada donde cada noche nos despediámos 'hasta mañana'. Y... Y nos separamos al venir mi autobús, con dos besos. Creo que los primeros. Y con un 'diviértete, descansa. Y no te acuerdes nada de nosotras'.
No me atreví a decir "de mí". Subí al autobús de regreso a casa, por varios días. Y empezó mi viaje en la montaña rusa.
Y el lunes veintidós de marzo decidí que tenía que bajarme, aunque para ello debiera saltar en marcha. Porque me dí cuenta de lo mucho que me acordaba de él. Y... Y porque algo que teníamos más ó menos planificado con el resto del grupo de trabajo, que no era otra cosa que ese día llamarle... para felicitarle (es su cumpleaños)... de pronto, al estar todas de vacaciones forzosas... De pronto, ví lo mucho que me apetecía haber podido hacer eso: la tontería de llamar desde la oficina para 'cantarle el cumpleaños feliz'.
Y decidí que, porqué no, le llamaría yo.
Y, de pronto, con el teléfono en la mano y el número seleccionado desde la agenda... colgué. Y le mandé un sms. Diciéndome a mí misma 'Namar: qué demonios ibas a hacer...!!!'.

Y redacté el post que antecede a éste. Decidiendo que no: que no iba a pasar nada más. Que aquello se había terminado antes de empezar.

Y teniendo claro que de no haber tenido aquella catarata de sentimientos... claro que le hubiese llamado. Sin mayor problema ni mayor duda. Llamar para felicitar a un compañero de trabajo que era algo más que eso, que era un amigo y un cómplice. Lo que había sido durante esos meses, de forma progresiva.
Pero era algo más. Para mí, lo estaba siendo. Y no tenía derecho: ningún derecho.

Sé que todo esto puede sonar incongruente: seguro que lo es. Que qué más daría, que qué importancia podría tener hacerle una llamada... para desearle que pasase un feliz día. Que qué mejor, cuando se sospechaba además que igual el interés era mutuo. Sí: sé que no tiene sentido.
Pero lo tenía. Porque decidí que no iba a seguir con aquello. Que lo único que había entre nosotros era una mampara de división de oficina, muchas palabras, muchas pesadísimas horas laborales juntos, algún dibujo, alguna mirada que sorprendí y no pude ni quise interpretar. Y, ese veintidós de marzo, muchos kilómetros. Más de cuatrocientos.
Y que, además, no tenía el menor derecho. Y menos sabiendo que había ido a pasar esos días con quien considera la mujer más importante de su vida. La que había sido su pareja durante ocho años; su mujer, aunque no llegaron a casarse, porque esos años fueron de convivencia. Con quien no está, pero está. Aún hoy, y aunque sé que llevan un año sin verse, está. Y estará siempre.

Y creo que fue eso, esa sensación de ser una intrusa, lo que ese día me hizo no llamarle. Y decidir que no, que se terminó antes de empezar. Que no iba a pasar nada.

No iba a pasar nada. Qué autopromesas tan frágiles. Qué patéticos son algunos propósitos, cuando sabemos que de lo que estamos intentando autoconvencernos está escrito sobre el hielo. Y que seremos capaces de encender una estufa si con eso tenemos la excusa para olvidar nuestras autopromesas.