Esperando.
Como casi cada semana: esperando. Que llegue el viernes, ó el martes, ó el lunes, ó... Esperando que de veras se cumpla esta vez su 'promesa' de quedar para vernos. De, incluso, dormir conmigo.

Esta semana la promesa me la hizo el sábado por la noche. No, no saqué yo el tema: a decir verdad, hace semanas que no lo hago. Sí soy yo quien le llama... pero ya no propongo, para qué. Fue él quien tras hora y pico de conversación planificó qué día iba a quedar conmigo. Tocaba el viernes, tarde/noche. Bien. Le he dicho veces suficientes que a mí me viene bien el día que él pueda, que yo ya procuraré poder... Se lo he dicho las suicientes veces para como que a estas alturas ya se lo crea.
Y sin que yo añadiera nada más, también planificó/proyectó que nos viéramos de nuevo el próximo martes. Que es su cumpleaños.
Y..., y qué decir, sino que a mí me parecería estupendo. Pero... es que ya a estas alturas de la historia no me lo planteo. Ya es miércoles por la noche y no sé nada de él. Lo que puede querer decir cualquier cosa. Incluso que sea cierto y que nos veamos el viernes. No lo sé.
Lo bueno y lo malo es que voy a estar esperando todo el día de mañana un mensaje de confirmación.  Incluso todo el viernes si mañana no se produce. Aunque el viernes lo esperable será el habitual mensaje de aplazamiento... que igual ya ni es necesario, puesto que no confirmamos nada.

No sé. Me siento como una quinceañera, la verdad. Y no siempre es agradable esta sensación, esta espera. No, cuando ya no se tienen quince años; no, cuando no hay que depender de horarios de llegada a casa, de permisos, de buscar un sitio donde...

A estas alturas, ya me he hecho a la idea. A la de que no le veré tampoco el viernes. A que decidiré firmemente otra no volver a llamarle: que llame él. A terminar por transigir y llamar. Y a que me cuente una historia perfectamente creible y perfectamente lógica de porqué no pudo ser. Que eso es otra: no sólo nunca he dudado de sus excusas... sino que estoy segura de que siempre han sido reales. Y eso me hace sentir culpable de mi propia necesidad egoista de verle.
Y eso hace que cada vez que no nos vemos a pesar de haberlo planificado, termine por llamarle. Para que a la hora de estar hablando de mil cosas vuelva a planificar verme en dos ó tres días, y se vuelva a aplazar, y yo le llame, y... Y pasan los días. Y, a veces, me gustaría no quererle, no necesitar saber cómo está. A veces, me gustaría no planificar nada, pero sé que si no fuese así... me costaría demasiado reconocer por fin que realmente no me quiere.
Y es que no tengo claro, aún y estas alturas de esta historia, cómo he llegado hasta este punto...