Tras aquellas dos tardes de inesperadas confesiones... aunque, a decir verdad, ni siquiera tengo claro qué pudo contarme (imagino que el hecho de que luego hayan sido horas de confidencias, que nuestra relación diese un vuelco y que lo que ahora me sea inimaginable es una simple relaciòn laboral, como fue durante meses)... me empezaron a asaltar mil miedos. Como digo: no es en sí el hecho de haberme contado nada... fue la actitud. El cambio de actitud por su parte. El, de repente, pasar de lo que era nuestra relación de ocho horas diarias a pocos centímetros de distancia: un intercambio contínuado de palabras, de comentarios sobre el propio trabajo, de impresiones sobre lo absurdo de nuestra común empresa. Un 'quedar para tomar café' cuando podíamos y coincidíamos en horario, y que no era sino cruzar al bar de enfrente y seguir con el mismo tono de conversaciones. Si acaso, más 'serias' cuando estábamos solos, porque en público siempre hubo un cierto sentido del espectáculo... Pues eso: lo que me asustó fue ése cambio sutil que percibí aquellas dos tardes...
Me saltaron, de pronto, todas las alarmas. Absolutamente todas.
Y, de repente... fue como si el puzzle encajase. Y algunos detalles, algunas miradas, algún juego de palabras que nunca quise seguir..., todo iba encaminado al mismo sitio. Y me asusté. Me asusté mucho. Porque..., porque no era 'ese' tipo de relación la que quería con él. No. Nuestra relación era perfecta, comodísima. No puedo calificar aquello con un 'éramos amigos' (la amistad es otra cosa. La amistad es la que mantenemos ahora, un año después), pero manteníamos una relación ideal. Nos llevábamos muy bien, y eso, en el ambiente de hostilidades contínuas que era nuestro día a día laboral... era mucho más de lo que se podría desear. Y por eso me asusté, pensando... deduciendo y atando cabos en otro sentido: que él, igual, de pronto había visto algo en mí y... Y se iría a hacer puñetas nuestra relación. Lo que me gustaba de estar a su lado, que no era sino la total ausencia de malicia, de... deseo. Y... y yo no quería perderle. No a la persona que conocía y con la que me sentía tan y tan agusto. Mi único apoyo real en esa empresa. No, no quería que eso se estropease. Y... y si de veras lo que estaba empezando a intuir era la realidad... todo se estropearía.
Y en ese fin de semana, ese sábado trece y domingo catorce de marzo, mi única conclusión fue que me había equivocado. Que todo era culpa mía. Que le había dado a entender... qué sé yo, para que él, de pronto...
Y, hecha un lío absoluto, demencial, radical, inesperado... no pude menos que escribirle la carta que sigue. Una carta de desahogo personal, en realidad. La primera carta que le escribiría aquí. Aunque, para mí, no era 'la primera' en ese momento, sino la única. Primera y última, sin más. Y es que en esos días tampoco me imaginaba que el caos estaba a punto de arrasar mi vida. Y tampoco podía imaginar que en pocos días él tendría acceso a esa carta... y a todo lo anterior que yo podía haber escrito. Que le daría la llave para entrar en mi 'otro yo'. No, no lo imaginaba.
Y le escribí. "Negro sobre blanco". Qué otro título podía poner a una carta escrita a alguien que, también, consideraba la literatura como su razón de ser. Y qué otra música que la que incluí: el "Across the universe" de The Beatles. Porque en esos días mi deseo era que nada cambiase mi mundo, que no cambiasen las cosas entre nosotros. Y... y porque sólo una canción de The Beatles podía ser la banda sonora de algo escrito para él. Alguien que repite que sus tres grandes pasiones son determinado equipo de fútbol, los Beatles... y las mujeres...

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