Todo empezó con un sms.
Al menos, así es como recuerdo el principio. Mejor dicho: es lo que marco como 'punto de partida' de esta historia. El detalle que marcó el desencadenante de todo lo que ha venido después. Un simple sms, sin demasiada importancia. Una noche de miércoles de marzo, allá sobre las once de la noche...

Esa noche había fútbol. Uno de esos decisivos partidos internacionales, la posible clasificación para finales de Champion del equipo de sus desvelos. Es muy, pero que muy, futbolero. Mejor dicho: muy del equipo blanco de sus amores. Aquel miércoles..., bueno, llevaba dos ó tres días dándonos la tabarra con el asunto. Con la 'ración de abdominales' de determinado portugués, la que le iba a regalar a la afición tras marcar los goles decisivos. Considerando que el grupo donde trabajábamos era básicamente femenino (él era el único chico) y que tampoco había una afición excesiva por el fútbol... pues más bien nos dedicamos a no tomarle muy en serio. En mi caso, a seguirle el juego, pincharle,... poco más.
El partido, creo, empezaba a las ocho y media. Nosotros salíamos de trabajar a las nueve. La verdad es que podría haber salido antes... y entrado antes para compensar. Incluso irse y entrar antes al día siguiente, y así no perderse el partido. Pero... ó nadie se lo insinuó, ó ni lo pensó. El caso es que nos dieron las nueve. Antes de esa hora, y durante esa tarde, nos metíamos con él, diciéndole que no se hiciera ilusiones, que no iba a ganar su equipo, que... Por mi parte, la frase era "Yo no te digo nada, para no darte disgustos".

Por entonces, hacía cinco meses y diez días que trabajábamos juntos y, por tanto, que nos conocíamos. La relación... pues perfecta, pero meramente laboral. Con un grado de complicidad considerable, eso sí: juegos verbales compartidos, una visión absurda de la vida, risas... muchas risas, la verdad. Nos llevábamos muy bien... pero como simples compañeros de trabajo. Compañeros de pupitre en una  empresa absurda que él conocía muy bien y desde hacía años y de la que yo deseaba huir desde el momento en que llegué, casi un año antes.
Salíamos a las nueve. Durante los primeros días que trabajamos juntos, nos despedíamos en la puerta; a veces, se quedaba a fumar el último cigarro con el chico de seguridad del edificio. Un día, no sé, imagino que bajamos hablando como los anteriores... y en la puerta me preguntó que hacia dónde iba. A la parada del bus, trescientos metros más allá, una calle paralela.
'Pues te acompaño, si no te parece mal: vamos en la misma dirección'.
Se convirtió en norma. Todas las noches, todas, de lunes a jueves, me acompañaba hasta la parada del autobús. Por lo visto, el cogía la misma línea... en dirección contraria. Me acompañaba... y esperaba conmigo a que viniera mi bus. Y hablábamos, seguíamos hablando. Cada día. Algunos, era yo quien le acompañaba mientras fumaba ese último cigarro con el chico de seguridad, y luego repetiámos la ruta, la casi rutina...

Aquel miércoles de marzo fue igual. Al salir, le dije que si se daba prisa... apenas se perdería nada del partido. Que no me esperara, que se adelantase... Dió igual: me acompañó a la parada, esperó el bus, le seguí insistiendo para que se fuera, me respondió que no, y esperó a que llegase mi autobús y a que yo me montase. Haciéndome sentir un poco culpable... por dedicarme ese tiempo. Claro que lo hacía voluntariamente...pero...
Cuando terminó el partido, y su equipo perdió... no pude evitarlo. No sé porqué lo hice, pero sentí que debía hacerlo. Aunque apenas unas horas más tarde íbamos a vernos, a pasar juntos toda la jornada laboral. Pero le mandé aquel sms. Un 'ya te dije que no te quería decir nada para no darte disgustos', más ó menos...
... que me respondió. No sé exactamente con qué palabras. Algo sobre una ilusión menos, ó una ilusión más perdida... y alguna referencia a alguno de nuestros muchos (y blanquísimos) frecuentes chistes privados. Nada más.

Pero...
Ya digo que para mí, ese sms fue la primera pieza de la historia.
Porque..., no sé. Al día siguiente, cuando llegué y él ya estaba (como casi siempre: llegaba antes que yo), su mirada, la forma en que me miró... Y la forma en que me trató todo el día. Vale: nada que nadie más pudiese constatar. Es más, seguimos 'metiéndonos' con él a cuenta del fracaso futbolístico, hablándole de fados y lamentos. Pero... Pero de pronto es como si quisiera contarme algo. Y, de pronto, hablarme de él...
Porque a esas alturas de nuestra relación, a pesar de llevar cinco meses y pico pasando juntos 39 horas semanales, a pesar de hablar mucho,  muchísimo... no sabíamos nada el uno del otro. A mí eso siempre me dió igual: nuestra relación era únicamente laboral. Sabía de él... pocas cosas: que era el hijo menor de su familia, que su padre había fallecido de repente meses atrás, que venía de una relación sentimental de ocho años de convivencia. Que había estudiado periodismo y cine, que con menos de 30 años ya era ejecutivo en una empresa de publicidad, y que de repente decidió cambiar de vida y terminó allí, de teleoperador.  Pero nada de eso procedía de confidencias: era la parte de sí que mostraba a los demás. Cosas sueltas. Y nada de eso me 'unía' a él. Nuestro nexo de unión era esa empresa común que nada tenía que ver con nuestras aspiraciones ni nuestro modo de ver la vida. Nuestro nexo de unión eran lecturas, muchas lecturas de adulto siendo niños, mucho cine clásico por televisión. Cultura. Que éramos un par de bichos raros, y más aún en aquella empresa. Y más aún en el grupo donde trabajábamos, dentro de aquella empresa.

Y aquel jueves, once de marzo, en vez de a las nueve nos mandaron a casa a las siete de la tarde (un fallo informático... y ya recuperaríamos esas dos horas al día siguiente). Y me propuso que si quería, tomásemos un café, puesto que aún era de día. Y... Y retomó la conversación, ó el tomo de la misma, del resto del día. Y no recuerdo bien ni de qué hablamos... porque no era en sí el tema (aunque sí sé que a mediatarde, y mientras dejábamos enfriar el café en el bar, me estuvo hablando de él, de su aún reciente ruptura sentimental... de cosas que igual tampoco yo estaba demasiado interesada en saber. Ó sí. Ó...) sino el tono. El repentino 'cambio de chip'. El pasar del aire de payasada en común que compartíamos, los juegos de palabras, las tonterías que nos decíamos para hacer que el tiempo eterno de las ocho horas diarias se hiciera más llevadero... a eso otro. A hablarme en serio. En serio y de él. Por primera vez.
Y el viernes doce de marzo hubo otro café a las seis de la tarde. Y más confidencias, tampoco buscadas por mí ni demasiado profundas. No, no eran los primeros cafés que compartíamos: de hecho, quizá fue el tercer, cuarto día compartiendo 'pupitre' cuando empezamos a tomar café juntos si teníamos la ocasión a mediodía. No, no era una novedad, como no lo era hablar, hablar mucho los dos. Eso no era nuevo.  Pero... Pero sí su mirada esas dos tardes, de otro modo. Y....

Y ese viernes por la  tarde, volviendo a casa tras haber esperado el bus con él a mi lado en la parada, hablando de todo y de nada, como siempre, esa tarde... de pronto me saltaron todas las alarmas. Todas. Y escribí el post que da título a la mitad del subtítulo de este blog. El post que sigue: