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Terra
La Coctelera

Contar. Contarme: 18/Mayo/2010.

Contar. Contarme.

Querer y que no te quieran es doloroso pero, por desgracia, posible y hasta frecuente.
Podemos seguir queriendo a quien nos quiso y ya no nos quiere.
Podemos querer de forma inevitable a quien no nos ha querido nunca, incluso si estuvo alguna vez con nosotros y se suponía que era nuestra pareja.
Podemos, incluso, desear y querer, ó creer querer, a quien igual ni sospecha de nuestro deseo.
Hasta a quien ni nos conoce ni nos conocerá nunca y, en el fondo, nosotros también sabemos que será así.

Todo esto duele. Incluso es posible que nos cueste asimilarlo, que luchemos contra la realidad e intentemos que esa persona nos quiera. Duele más cuando un día nos quiso, y lo sabemos, y no entendemos qué pasó, qué hicimos mal, cómo volver a aquella situación que nos hacía sentirnos bien. En muchas ocasiones terminamos por adornar tanto el recuerdo... que olvidamos que si aquello se rompió fue porque no éramos tan felices...
Creo que todos, en algún momento, hemos pasado por esto. Que no nos quiera quien queremos ó a quien nosotros sí queremos.
En algunos caso, se 'pasa' enseguida. Esos amores pasajeros, ése 'un clavo saca otro clavo', ese amor platónico que, en el fondo, se sabe irrealizable... y que, por eso, puede ser eterno y compatible con otros amores más reales y carnales. Y ésos, que el tiempo irá suavizando hasta que dejan de doler, hasta quedarse en algún punto del recuerdo. No dejaremos de querer ni, quizá, de desear. Pero ya no será angustia. Ya podremos vivir no sólo sin esa persona, si no sin el propio deseo de quererle y ser queridos.
Todo esto es, como digo, posible, probable, frecuente. Está ahí.

Pero... ¿cómo se arregla lo que rompimos antes de llegar a tener? ¿lo que matamos antes de permitir aceptar que sería parte de nuestra realidad?
¿Cómo intentar, siquiera, rectificar un error que no éramos conscientes de estar cometiendo? ¿Cómo, cómo se vuelve atrás para recuperar algo que rechazamos y que ya, nunca, se podrá tener... porque las circunstancias aquellas ahora son otras, porque sabemos que era precisamente en aquel contexto cuando las cosas habían surgido y en aquel donde podría ser... y no quisimos?

Es curioso que un problema que no existe, porque no permitimos que existiera esa realidad, sea realmente un problema. Que el recuerdo de algo que no permitimos que pasara, de pronto, nos asalte en ese momento de repentino despertar por la noche, entre sueño absurdo y sueño olvidado. Es curioso desear que hubiera pasado lo que nos negamos a siquiera aceptar que podría ser.
Es curioso, sí. E ilógico. Y no sé, en realidad, qué estoy queriendo contar y contarme.

Ó igual sí lo sé. Y por primera vez en mi vida, yo, que casi 'vivo' de las palabras, que vivo con ellas, que son mis alidas, que me acompañan desde siempre, que hasta mis silencios están llenos de palabras: escritas, leídas, escuchadas..., por primera vez tengo miedo de leer lo que quisiera ser capaz de escribir, contarme y contar. E, igual, hasta contarle...

 

Te espero: 06/Mayo/2010.

Te espero.

" Te espero.
Cada poro de mi piel
sueña el roce de tus dedos.

Te espero.
Mis manos sueñan ansiosas
poder recorrer tu cuerpo.

Te espero y sueño.
Queriendo cruzar el tiempo,
adelantar los relojes y,
al llegar tú, detenerlos.

Creo que he pasado mi vida
esperando ese momento.
Soñando con conocerte,
buscándote en otros cuerpos,
creyendo encontrarte en otros.

No eras tú. Lo sé. Lo siento.

Te espero.
Y ahora que sé que existes
no te duermas en mis sueños ".

 

Tu voz: 02/Abril/2010

Tu voz

"Hablas. Y, por sorpresa,
mi piel despierta y se eriza ante el sonido de tu voz.

Hablas. Y sin esperarlo,
sueño con sentir tus palabras en mi cuello,
tus pulgares en mi boca
y tus dientes en mi pecho.

Hablas. Y yo sueño e imagino
que me susurras y pides cómo quieres que te toque,
lo que quieres que te haga,
dónde quieres que te bese.

Ahora, callas.
Pero tu voz ya se me ha metido dentro.
Hablas. Me hablas.
No sé si intuyes ó ignoras
el poder inesperado que tu voz ejerce en mí,
que te escucha y te desea.

Callas. Y cuando me quedo sola
cierro los ojos. Muy fuerte.
Hasta que me vuelve el eco del sonido de tu voz.
Y con eso, mientras, basta.
Y al fin me quedo dormida
buscando soñar que hablas.
Que me hablas.
Y que tu voz me hará desear, de nuevo.
Me hará soñar con tenerte.

Tú aun no lo sabes. Creo.
Y yo...yo no contaba con esto:
Tus palabras en mi oído son caricias en mis sueños".

 

Aniversarios.

Para mí, de todo esto se cumple ahora un año. Aunque sé que sólo es para mí.
Cada día lo tengo más claro.

Esta noche hasta he tomado la decisión, unilatelalmente, de romper. De terminar con toda esta historia que no me lleva a ninguna parte, pero que me tiene extrañamente atada desde eso, hace un año. Habíamos quedado: una cita más de ésas que luego se aplazan ó cancelan ó..., ó que más da, pero esta vez me había repetido tantas veces que no iba a cancelarla... que hasta me lo había creído. Absurda fé. Por supuesto, ha vuelto a hacerlo. Por sms, como ya viene a ser habitual. Que le llamase esta noche... si quería. Sabiendo de antemano que claro que iba a llamarle, sabiéndolo los dos.

Y de pronto, tras todo el día teniendo la seguidad de que claro que le llamaría, y me volvería a dar esas excusas que en otra persona no me creería, pero que en él ni me cuestiono, y volveríamos a quedar, y..., de pronto, he decidido que se terminó. Que no le iba a llamar...
Y he resistido hasta casi las doce y media de la noche. Y al final, le he llamado. Y ya no hacen falta ni siquiera excusas, qué más da.
Y hemos vuelto a quedar..., ó, más bien, ha vuelto a quedar conmigo para el próximo viernes. Imposible a estas alturas poder calcular cuantas veces, cuantos viernes, hemos quedado estos últimas semanas... para, en los casi cuatro últimos meses, habernos visto tres veces. No, no es una forma de hablar ni una frase hecha: tres veces, justas, desde principios de diciembre. ¿Ocasiones planificadas? Ya digo: imposible calcularlas. Todos y cada uno de los viernes transcurridos desde entonces. Y lunes, y martes, y... Y todos y cada uno de ellos, salvo tres, aplazados. Cancelados para pasar a ser un aplazamiento.

Y... yo que sé. Hemos vuelto a quedar. Ha vuelto a hacerse sus planes y a confirmar 'sí, seguro que sí, seguro que no fallo', su cita conmigo el próximo viernes. Y yo, en estos momentos, claro que me lo creo... Como me he creido cada una de sus confirmaciones. Como, hasta las doce menos diez del mediodía de hoy, claro que me había creido la de esta noche.
Da igual.
Quizá la novedad sea que esta noche sí he estado casi segura de que no volvería a llamarle: algo que hace unos días ni me habría podido plantear. No he sido capaz... pero sé que puedo serlo.

Y es que su cancelación de hoy no ha empezado a dolerme hasta media tarde: otra novedad. Igual es que me estoy acostumbrando. Y es el primer paso para no necesitarle. Y podría ser el primer paso para, también, descubrir que estoy empezando a dejar de 'sentir' por él. De sentir al menos esta necesidad extraña de algo que ya ni siquiera puede ser necesidad física de estar con él: es complicado seguir añorando la presencia física de a quien no sé vé desde hace semanas.  E igual, si de veras consigo verle... qué sé yo, una semana de éstas, de pronto descubro que ya no, que no me apetece estar con él. Que ya no me apetece su cuerpo, porque no lo reconozco. Porque no identifico en él lo que cada vez es más, en mi vida, apenas una voz al otro lado del teléfono. Una voz que escucho unas horas a la semana porque al final claudico y dejo de resistirme y le llamo.

Estos días, para mí, se cumple el primer aniversario del comienzo de todo esto. Pero sólo es 'para mí' para quien se cumple. Y no sé hasta qué punto es bueno 'conmemorar' aniversarios de algo que, aunque para mí sea el comienzo de una relación con alguien... sólo me importe a mí. No: no es bueno ni es lógico.
Igual sería buena idea empezar a soltar amarras. Alejarme de él. Total, cada día la sensación de que él ya está lejos es más y más intensa.

 

Propósitos escritos en hielo.

Aquellos días, hace un año justo, mi vida de repente se convirtió en el recorrido de una montaña rusa. Me ví montada en el vagón de esa montaña sin saber cómo... porque no fuí yo quien decidí iniciar ese viaje. No, al menos conscientemente.

Los días once y doce de marzo de pronto descubrí que estaba pasando algo. Y, como tenía una barrera de cristal ante mí, una barrera que encerraba mi corazón... pues sólo era capaz de ver que estaba pasando algo, pero por su parte. Ni siquiera estoy segura de qué ví, de qué me dijo exactamente para hacerme saltar las alarmas, pero éstas saltaron. Todas. Y lo escribí. Y le escribí aquella carta sin remitente ni destinatario.
Y... y una semana después, ya no tenía nada claro.
Porque en ese intervalo volvimos a vernos... y, de repente, seguí viendo detalles. Ó quise verlos. Y, también de repente, nos separamos... por segunda vez desde que nos conocimos, porque también en navidad él tuvo unos días de vacaciones y yo seguí trabajando. Pero, no sé, no le eché de menos. Ahora él volvía a tener unos días libres... y yo, de pronto, también. Y lo peor es que estos 'dos ó tres días libres' de pronto se adelantaron. Y se prorrogaron: por problemas de planificación laboral, nos dieron una semana completa de vacaciones, aparte de los dos ó tres días ya programados...
Y un dieciseis de marzo me encontré con que no nos veríamos hasta una semana más tarde. Y un diecisiete me confirmaron por teléfono... que no nos veríamos hasta el día veintinueve.
Y... Y no me pareció ni bien ni mal. Casi decidí que podía ser algo bueno: así aclararía mis ideas. Así me quitaría fantasmas de la cabeza.

Creo que el dieciseis de marzo fue la primera vez que nos despedimos con un par de besos, de ésos rutinarios, de los que se dan los amigos. Igual hasta ese momento no le había considerado amigo. Y también ese dieciseis de marzo volví a corroborar... que no eran sólo imaginaciones mías. Que algo  había... y que podía ser mutuo. Porque cuando a mediodía nos mandaron a casa 'hasta nueva orden'... hicimos tiempo. Cruzamos a hacer tiempo frente a un café, con otra compañera. Y seguimos hablando en la calle, casi otras dos horas. Y... y cuando nuestra compañera, con quien muchas noches nos acompañábamos a la salida y charlábamos un rato, los tres, dijo que ella ya se iba a su casa..., yo, por primera vez, no dije 'te acompaño', como siempre (la parada de mi bus estaba en el mismo camino). No. Me quedé con él. Y él me acompañó a la parada donde cada noche nos despediámos 'hasta mañana'. Y... Y nos separamos al venir mi autobús, con dos besos. Creo que los primeros. Y con un 'diviértete, descansa. Y no te acuerdes nada de nosotras'.
No me atreví a decir "de mí". Subí al autobús de regreso a casa, por varios días. Y empezó mi viaje en la montaña rusa.
Y el lunes veintidós de marzo decidí que tenía que bajarme, aunque para ello debiera saltar en marcha. Porque me dí cuenta de lo mucho que me acordaba de él. Y... Y porque algo que teníamos más ó menos planificado con el resto del grupo de trabajo, que no era otra cosa que ese día llamarle... para felicitarle (es su cumpleaños)... de pronto, al estar todas de vacaciones forzosas... De pronto, ví lo mucho que me apetecía haber podido hacer eso: la tontería de llamar desde la oficina para 'cantarle el cumpleaños feliz'.
Y decidí que, porqué no, le llamaría yo.
Y, de pronto, con el teléfono en la mano y el número seleccionado desde la agenda... colgué. Y le mandé un sms. Diciéndome a mí misma 'Namar: qué demonios ibas a hacer...!!!'.

Y redacté el post que antecede a éste. Decidiendo que no: que no iba a pasar nada más. Que aquello se había terminado antes de empezar.

Y teniendo claro que de no haber tenido aquella catarata de sentimientos... claro que le hubiese llamado. Sin mayor problema ni mayor duda. Llamar para felicitar a un compañero de trabajo que era algo más que eso, que era un amigo y un cómplice. Lo que había sido durante esos meses, de forma progresiva.
Pero era algo más. Para mí, lo estaba siendo. Y no tenía derecho: ningún derecho.

Sé que todo esto puede sonar incongruente: seguro que lo es. Que qué más daría, que qué importancia podría tener hacerle una llamada... para desearle que pasase un feliz día. Que qué mejor, cuando se sospechaba además que igual el interés era mutuo. Sí: sé que no tiene sentido.
Pero lo tenía. Porque decidí que no iba a seguir con aquello. Que lo único que había entre nosotros era una mampara de división de oficina, muchas palabras, muchas pesadísimas horas laborales juntos, algún dibujo, alguna mirada que sorprendí y no pude ni quise interpretar. Y, ese veintidós de marzo, muchos kilómetros. Más de cuatrocientos.
Y que, además, no tenía el menor derecho. Y menos sabiendo que había ido a pasar esos días con quien considera la mujer más importante de su vida. La que había sido su pareja durante ocho años; su mujer, aunque no llegaron a casarse, porque esos años fueron de convivencia. Con quien no está, pero está. Aún hoy, y aunque sé que llevan un año sin verse, está. Y estará siempre.

Y creo que fue eso, esa sensación de ser una intrusa, lo que ese día me hizo no llamarle. Y decidir que no, que se terminó antes de empezar. Que no iba a pasar nada.

No iba a pasar nada. Qué autopromesas tan frágiles. Qué patéticos son algunos propósitos, cuando sabemos que de lo que estamos intentando autoconvencernos está escrito sobre el hielo. Y que seremos capaces de encender una estufa si con eso tenemos la excusa para olvidar nuestras autopromesas.

Lo sé: 22/Marzo/2010.

22 Marzo 2010

Lo sé. En este momento, lo sé. Estoy segura de ese modo en que se conoce lo que es una certeza. Ese pinchazo que se siente dentro, que no tiene nada que ver con la lógica, con lo que te digan, te expliquen ó te insistan.

Lo sé, y es por simple instinto, quizá... En este momento, sé que no va a pasar nada más. Que esa historia extraña que irrumpió en mis temores y despertó todas las alarmas en mi corazón anestesiado, que llegó en tres oleadas hasta este blog... no va a pasar de ahí. Ha sido sólo una amenaza de tsunami mal pronosticado. Como la ciclogénesis aquella que sólo se quedó en tormenta de verano fuera de estación.
Simplemente eso. Sé que no hay nada más y que no lo va a haber.

Lo curioso es que sea la misma intuición que me hizo entender que estaba surgiendo algo, la misma que me obligó a reconocer que podría ser mutuo, la misma..., ahora me está indicando con claridad que no. No hay nada. Si acaso, ese vacío extraño que la seguridad me está dejando dentro. Sólo eso. Ese vacío que se unirá a otros muchos, que se cerrará como se cierran algunas latas de conserva: esperando tal vez que alguien las abra, esperando que la fecha de caducidad las envíe cerradas al vertedero. Porque es un vacío que no tiene razón de ser, aunque esté ahí. Un vacío que no pienso llenar.
Este no. Este tampoco.

Me gustaría no tener que volver a tocar este tema nunca más. Me gustaría no haber tenido razones para escribir los 3 post que anteriormente le dediqué a este asunto. Pero sé que no es posible volver atrás. También eso lo sé.

Como sé que en esta historia desconoceré todo lo que pueda sonar a futuro, porque no lo va a haber. En estos momentos, mi única decisión al respecto es dejar pasar los días... y no cambiar mis planes. Esos planes que incluyen el alejamiento físico en cuanto me sea posible. Y un alejamiento también mental..., que, igual, no debería haber sido nunca proximidad.

 

Siete días después: 19/Marzo/2010

19 Marzo 2010

Es complicado explicar cómo lo que era tan sencillo y tan cómodo termina por complicarse. Termino por complicarme y terminaré por complicarlo todo. Y por estropearlo, seguro.

Convertir en complicado lo que me era tan fácil de llevar, de vivir, al final ha sido demasiado fácil también. Tan fácil y tan sencillo... que no sé cómo ha pasado. No sé en qué momento... pero estoy teniendo claro que no tengo nada claro. Es lo único que sé: que ahora soy yo la que no tiene las cosas claras. No: no las cosas en sí. Mis cosas. Mis sentimientos.

Hace unos días, tenía tremendamente claro que no iba a pasar nada. Y tenía, también, claro que había hecho algo mal, que había dicho, ó callado, ó dejado entrever, ó... qué sé yo, pero algo había pasado. Y las confidencias habían surgido por algo. Y lo que yo estaba entendiendo como broma, como parte del juego..., no, estaba empezando a entender que igual no era eso. Y que, de pronto, igual me llevaba equivocando demasiado tiempo. Y que, si no ponía las cosas claras, tenía más que perder que que ganar. Porque yo sí tenía algunas cosas muy claras. Que no. Que no sería ni podía ser. Que mis sentimientos eran y serían otros. Que... Pero han pasado unos días. Y..., qué complicados somos. Y he recordado frases y, de pronto, he visto que igual querían decir otra cosa. Y... y me siento que no, que no he estado a la altura de las circunstancias.

No. No le añoro. No le echo de menos. No le voy a llamar. No voy a hacer nada diferente a lo que he hecho durante meses. Sólo amistad. Sólo amigos. Pero..., pero me he sorprendido pensando en él, yo, que tenía una cremallera en el corazón y que no, que no iba a abrirla para permitir que nadie llegase hasta el fondo. Y ahora resulta que no me importaría que él la abriera. Incluso, que la cambiase por botones si eso le es más cómodo. Y, de repente, le recuerdo y no entiendo nada.

Y, de pronto, me da miedo plantearme que igual esto termine siendo otra cicatriz. Que ya no haya más oportunidades. Que nunca haya un 'nosotros', porque he marcado las distancias, igual que marco mi territorio como un animal salvaje. Que al no haber un 'nosotros' ni siquiera haya un él y yo unidos por ningún nexo, por un pasado. Ni siquiera por una amistad.

Es absurdo. Lo sé. No hay nada ni yo quiero que lo haya: me lo repito.

Pero hace apenas siete días eso era una certeza: lo tenía tan claro...

Pero hace siete días no había recordado, de pronto, su mirada. No me había sorprendido acordándome de alguna frase, de alguna confidencia. Hace siete días tenía todo muy claro. Pero hace siete días no es hoy. Y en estos días..., no sé. No sé en qué justo momento algo se ha roto ó algo se ha despertado.

Porque, quizás, es que hace siete días no me había parado a ver algo tan obvio como que, además de amigo, genero neutro, es también un hombre. E, igual que no sé qué ha fallado, qué pude decir ó callar para que surgiera algo que percibí pero me hizo decidir que no, que no pasaría nada... tampoco sé en qué momento algo me ha hecho ver eso tan obvio: que, igual, me gusta más de lo que debiera.

Y no lo entiendo.

Y, quizá, lo que de veras me preocupa es no estar entendiendo, yo, con lo que soy..., cómo algo tan fácil de comprender se me hace tan complicado.

Proyectos, llamadas, aplazamientos.

Otra semana más sin vernos.
Supongo que con el paso de los días, las semanas..., hasta los meses, me voy acostumbrando. Lo difícil ya ha pasado: habituarme a no verle a diario. Y..., y las largas conversaciones telefónicas también me ayudan, supongo. Fue peor en esa etapa intermedia en que ó nos veíamos... ó no sabía apenas nada de él. Ó sin el 'apenas': no sabía nada de él. Durante días. Ahora y desde este otoño..., creo que mediados de septiembre, si el 'mono' me ataca con demasiada fuerza, sé que puedo llamarle. Y hablar largo tiempo con él.

Como el jueves, en que confirmé que no, que tampoco esta semana podríamos vernos. Y como anoche, que ya era domingo cuando le llamé. Hablar con él es..., no, no es un sucedáneo de su presencia. Es otra forma de estar juntos. Entre nosotros y hasta que me dí cuenta de que había 'algo más' y luego ese 'algo más' fue mútuo (ó, al menos, pasó a tener el sabor de su cuerpo), hubo muchas palabras. Horas de palabras dichas y escuchadas.
Lo que hay ahora, básicamente.

Voy llevándolo bien. Al menos mejor que hace unos meses, en que todo eran promesas veladas...ó ni siquiera eso. En que era una necesidad casi absurda por mi parte de estar con él. De tenerle cerca, al margen de si esa proximidad se traduciría un día en 'algo'.
Imagino que es, simplemente, eso: me he hecho a la idea. A todo se acostumbra una.

En principio, está proyectado que esta semana nos veamos. Y así lo creo. Y estoy segura.
Pero luego vuelvo a recordar... que esta pasada semana también era 'algo seguro'. Y que lo fue tantas veces. Y que sus sms 'desconfirmando' citas son casi parte de la relación.

Y es que, posiblemente, necesito creerme que sí; que esta vez, sí. Necesito agarrarme a esa mínima posibilidad para que los días se me pasen más deprisa. Quizás estoy marcando el tiempo de ese modo: apenas acabo de hablar con él y ya he prefijado (incluso lo hemos 'prefijado' ambos) qué día volveremos a hablar. Y entonces todo pasa a ser, siquiera inconscientemente, el tiempo que falta para esa 'siguiente vez'. Y los días que faltan para que, 'esta vez, seguro', nos veamos.
Y pasan así las semanas. De aplazamiento en aplazamiento. Con horas de conversación telefónica.

En fin: esto es lo que hay. Y tendré que conformarme. Eso, ó dejar de esperarle. Y para eso, no: no estoy preparada.